Hace casi ocho meses mudé mis
oficinas de mediación a la zona del obelisco. Trabajo con familias en momentos
difíciles de separaciones y divorcios, tratando de ayudarlos a resolver sus
problemas y encontrar una salida a las injusticias. Me pareció que en ese sitio
encontraría lo que necesitaba: una vista distendida, mucha luz, y una ubicación
estratégica en la zona de los tribunales. Nunca pensé que mi elección fuera tan
desacertada. Los primeros manifestantes que escuché fueron los de la Juventud Radical. Todos
los mediodías durante casi dos meses llegaban a la Plaza de la República, hábilmente
organizados, vestían sus uniformes y empezaban a tocar los tambores al estilo
candombe bahiano. Hacían un intervalo para almorzar y proseguían su marcha,
flameando sus banderas y ejerciendo su “¿derecho de propaganda política?” Luego
de las elecciones y hasta la fecha, han sido innumerables las manifestaciones
que a diario perturban el normal desempeño de cualquier profesional, en este
caso, del mio y de los que conmigo trabajan. Pareciera que el Obelisco erigido
en el medio de la Plaza de la República, posee cualidades mágicas de organismo
receptor de quejas y manifestaciones, cuando paradojalmente, en dicho monumento
nadie vive ni gobierna. El artículo 14 de nuestra Constitución Nacional
establece que todos los habitantes de la Nación gozamos del derecho de trabajar
y ejercer toda industria lícita; prosigue el artículo 14 bis refiriendo que el
trabajo gozará de la protección de las leyes. Me pregunto ¿qué ley protege mi
trabajo?, ¿quién define si el derecho a manifestar o hacer propaganda política es
lícito cuando su ejercicio perturba a quienes intentamos trabajar bajo
condiciones dignas y equitativas?, ¿Cómo podemos escuchar a las familias que vienen
en consulta, si afuera hay bombos, gritos y marchas, sin autoridad que ordene
el caos? ¿Cómo van a ser ellos mismos escuchados y por quién? Manteros,
piqueteros, políticos, entidades civiles, barriales, todos se reúnen y
protestan, pero allí donde se plantan, no son escuchados, solo impiden que
otros sean escuchados. Luchemos por recuperar la palabra allí donde ella debe
ser escuchada, por recuperar el respeto por la dignidad humana y el espacio
compartido, por empoderarnos de nuestras vidas y ser protagonistas no sólo en los
ámbitos privados, sino también en los públicos, allí donde la autoridad declinó
su impostergable presencia.
Hola Connie! bienvenido tu lugar al cyberespacio! Ojalá que puedas transmitir el excelente trabajo que hacés con este espacio!
ResponderEliminarComparto ampliamente tu reflexión y lamentablemente también padezco lo que mencionás. Pareciera que hay personas que tienen más derecho que otras a expresarse sin importar el perjuicio que generan en esto, ya sea al trabajo, al descanso, o sano convivir de otras personas.
Ojalá algún día desde la ley, pero también desde la conciencia humana y de solidaridad aprendamos a manifestarnos de una forma que respetuosa y todos podamos ser escuchados libremente.
Cariños
Mariavi